Relato regalo primer aniversario de Tu mirada me atrapó
Comienza la travesía
—Brandon,
quiero saber adónde vamos, por favor —suplica Francesca con los ojos vendados
mientras él la ayuda a subir a la camioneta.
Amaia,
Tomas, Bautista y Micaela se ríen ante el desconcierto de la mujer que tanto
los ama. Su actual marido la impulsa, sosteniéndola con fuerza de las caderas,
sonriendo con picardía. Sabe muy bien lo ansiosa que es ella y también está
seguro que ni se imagina la sorpresa que su familia le va a dar.
—Cachorrita,
no seas aguafiestas. Portate bien y dejá de franelear tu lindo culito sobre mí,
porque me estás poniendo demasiado cachondo y están los niños cerca —le susurra
mordiéndole el lóbulo de la oreja. Francesca se retuerce ante las
demostraciones de su hombre; llevar la vista tapada despertó sus demás sentidos,
logrando que su vientre se contrajera ante el mínimo roce de su cuerpo.
—No
sea desubicado, mi capitán. Lo pueden escuchar —lo reprende con ternura.
Brandon ríe, le da un delicado beso sobre los labios y cierra la puerta. Rodea
el vehículo, y al comprobar que todos están en sus lugares, pone en marcha su
más reciente adquisición: una HILUX color
negra. Deja atrás su hogar, la estancia que tanto quieren y disfrutan día a
día, mirando de reojo a su mujer para supervisar que la tela siga en su lugar.
La
vida de los D´Angelo-Baute-Santamarina está más compenetrada que nunca.
Francesca y Brandon han logrado curar sus heridas, se volvieron a reunir y él
no perdió el tiempo. Después de permanecer durante dos años manteniendo su
desastre a raya, volvió por la mujer de su vida, la reconquistó, la amó con
cada célula de su organismo, la hizo reír; y dos días antes de su cumpleaños
número cuarenta, unieron sus caminos ante la ley; con sus hijos y amigos de
testigos. La vida no fue color de rosas para ellos, pero su amor pudo más. La
paciencia ayudó y no importó cuántos baches cruzaran, supieron saltarlos para
volver al otro.
Hoy,
varios días antes de un nuevo festejo de un aniversario más; los dos hombres
mayores de la familia tienen varias sorpresas y una de ellas es regalarle a
Francesca este viaje, en el cual Bautista pedirá formalmente la mano de su
novia Micaela. Ninguna de las dos se espera lo que está por llegar.
***
Veinte
horas después de embarcar, dos trasbordos encima, uno en Malasia y otro en
Tailandia, al fin desembarcan en el aeropuerto Ibrahim Nasir en Malé, capital
de las Maldivas. Fran vuelve a llevar
los ojos tapados, solo le permitieron retirar la tela por momentos dentro del
avión y en las dos paradas que hicieron. La doctora, absolutamente irritada,
interrogó a sus hijos más pequeños en cada oportunidad que tuvo, pero los
niños, por primera vez en su corta vida, decidieron ser obedientes y no soltar
ni una palabra. La madre los abrazó colmada de amor por ellos, sintiéndose extremadamente
orgullosa por su comportamiento, viendo que al fin la educación que les está
dando surte efecto.
En
cambio, frente a su esposo, nada sirvió. Francesca sigue derritiéndose bajo el
influjo de sus iris color marrón, pero en esta ocasión nada de lo que dijo o
hizo, alcanzó. Él no cayó en ninguna de sus manipulaciones. Lo besó, abrazó,
acarició, le susurró palabras de amor y él siguió impasible.
En
la actualidad, Brandon, quien sigue siendo un hombre que se roba todas las
miradas, observa a su disfuncional familia con felicidad, devoción y orgullo
impreso en aquellos ojos que hoy lucen tan limpios. Admira a aquella mujer que
lo vuelve loco sacando lo mejor de su alma, mientras ella, aún sin poder ver,
protege a los suyos mientras él y Bautista van por el equipaje, que dicho sea de
paso, no es poco. La doctora D´Angelo, actual directora de una clínica, no
puede viajar sin llevar de todo un poco tanto para ella como para los demás que
la acompañan. Es una mujer que está en cada detalle y más si se trata de los
que ama.
***
—Les
informo que todo este circo ya me está cansando. Ni siquiera me dejan verme a
un espejo, seguro me llevan por ahí toda despeinada. Me estoy volviendo loca
—exclama impaciente. Francesca no se imagina dónde están. Está desconcertada,
mareada, nerviosa, a punto de explotar, pero su familia sigue siendo reservada.
Ya quieren ver su cara—. Es más, les informo que sé perfectamente que acabamos
de bajar de una lancha, o sea que estamos en un río o en el mar. Vamos, no sean
malos, déjenme retirarme la venda —chilla clavándole las uñas en el brazo de su
marido.
—Ya
estamos en nuestro destino. Unos pasos más y lo vas a descubrir, cachorrita
—afirma Brandon mirando todo lo que los rodea con asombro.
Las fotos no le hacen justicia, piensa por dentro.
Frente
y debajo de ellos, el mar de un verde agua claro en la orilla y de un turquesa
más oscuro en lo profundo, descansa en paz. La tarima de madera en perfecto
estado, los conduce hacia la recepción donde las personas que trabajan en el
maravilloso hotel Soneva Jani los
esperan.
Brandon
mira hacia sus costados buscando la aprobación de los otros para, al fin, sacar
definitivamente a Fran de la oscuridad. Con cuidado desata la tela, le acaricia
el pelo, y con calma recorre su rostro con el dorso de sus dedos. Ella sigue
con los ojos cerrados hasta que siente cómo le colocan sus gafas y recién ahí,
en ese instante, se da cuenta que enserio no sabe dónde está parada. Nerviosa,
ansiosa, se debate entre abrir los ojos o quedarse tal cual está pero como
siempre le pasa, la intriga puede más y despacio comienza a alzar sus párpados.
En lo primero que se centra es en él; su esposo, su compañero, su loco capitán.
Le sonríe con cariño y se lanza a sus brazos que la esperan abiertos. Los
labios de ambos se estrellan, se buscan con desesperación. Se pierden en una
danza que ya bailan a la perfección: la del amor. Se saborean como si nunca lo
hubieran hecho, como si fueran un oasis. Se funden para volverse uno. Sin
soltarse de su agarre, descansa su frente sobre el hombro de él para luego
salir de su escondite y encontrarse con un fondo que la deja atónita. Pestañea
reiterada veces sin poder emitir palabra, está absolutamente muda.
—¿Me
trajeron a la isla Medhufaru? —chilla emocionada girando sobre sus pies para
poder ver todo a su alrededor.
—Sí,
mamá —contestan los mellis tomándose de sus manos. Francesca baja su cabeza y
observa a sus niños, a las luces de su vida, con devoción. Con los ojos llenos
de lágrimas a causa de la impresión y felicidad que la embargan, abre sus manos
esperando que los demás se acerquen a ella y como la mamá gallina que es, mete
a su familia bajo sus alas, los cobija y agradece por la sorpresa tan
maravillosa que le acaban de dar.
Los
cuatro mayores caminan lentamente detrás de la persona encargada de dirigirlos
hacia donde se hospedarán durante los próximos días. Los más pequeños corren
delante, demasiado alterados para el gusto de su madre que no les quita la
mirada de encima por miedo a que se caigan al agua. Realmente el paisaje que
los rodea es difícil de explicar. La nada misma, podría decirse. Mar calmo por
donde se observe. Cielo despejado que a la distancia se mezcla con el agua
turquesa. Una absoluta maravilla. Un sueño más para esa mujer que en varias
épocas de su vida ha sufrido hasta el agotamiento. Ahora es feliz, le gusta dejarse
llevar por la corriente y amar sin reparos.
—Hemos
llegado —anuncia la recepcionista en un perfecto inglés. Frente a ellos se
encuentra una edificación perfectamente diseñada para descansar, desconectarse
del mundo exterior y encontrar paz. Un retiro de agua, como ellos le llaman, de
tres dormitorios. La mujer los deja y ellos ingresan con calma fingida, ya que
todos quieren comenzar a correr para descubrir cada recoveco de ese lugar y no
tardan en hacerlo. Lo primero que hacen es recorrer la planta baja donde
encuentran el dormitorio principal con vestidor propio, perfectamente decorado
en tonos claros y todo a juego, creando un espacio de total confort. Además,
cuenta con una salida directa hacia la hermosa piscina que se encuentra al aire
libre. Luego, se dirigen hacia otra ala y descubren un baño al aire libre, una
sala de estudio, otro dormitorio acondicionado para los niños y uno más en
suite para invitados. Subiendo las escaleras se chocan directamente con una
habitación que tiene baño, vestidor, sala de estar y comedor con terraza en el
techo, y lo más divertido de ese cuarto es que directamente de él se pueden
tirar desde un tobogán acuático desembocando en el mar. Francesca
inmediatamente se queda prendada de la imponente vista que tiene más allá de
los ventanales que rodean la casa; el horizonte en todo su esplendor.
***
La
familia pasó los días de excursión en excursión; bucearon en la laguna Medhufaru,
donde disfrutaron de la extensa vida marina, siendo tan afortunados que se
encontraron con las impresionantes tortugas marinas y rayas nativas del Atolón. También visitaron dos islas, a las
cuales viajaron en lancha rápida; Maghoodhoo y Kudafari. En la primera,
conocieron los sabios árboles de banyan y la somnolienta vida del pueblo local,
llevándose con ellos una visión real de cómo los lugareños trabajan, descansan
y juegan. Los más pequeños fueron quienes más gozaron de ese lugar, ya que se
encontraron con muchos chicos de su edad con los cuales pudieron compartir
varias horas de juego. En cambio, en la segunda, el turno de pasarla
espectacular fue de los mayores, en esa pequeña isla de pescadores con solo
seiscientos habitantes, descubrieron un maravilloso lado de la playa café, como
ellos la llaman, en donde les sirvieron un exquisito pescado de barbacoa. Demás
está decir que quien más feliz estaba era Francesca ya que la mayoría de sus
comidas favoritas involucraban a los animalitos de mar.
***
En
este momento, las mujeres se encuentran en el spa del hotel donde las están
tratando como reinas bajo las atenciones de quienes más saben de esto; suaves
masajes con exfoliantes, aceites de coco local y piedras calientes tibetanas
son algunos de los tratamientos que las esperan. Y todo esto tiene una
finalidad: que se relajen y brillen solo como ellas pueden hacerlo, mientras
los hombres se encargan de alistar todo para la cena y sorpresa de esta noche,
la cual esperan que sea inolvidable.
***
Solo
una vez al mes, en esa isla, se celebra el ciclo lunar con una cena de luna
llena en la playa Baraveli. Evento
que Bautista consideró ideal para sorprender a su novia pidiéndole matrimonio. Y
que a Brandon le pareció perfecto para celebrar un año más que vive junto a la
mujer que cambió su vida. Por eso, en este preciso instante, los seis están
montados en un bote para recorrer el corto camino que los separa del hermoso
lugar, donde una mesa perfectamente preparada y ubicada en un banco de arena,
rodeada de antorchas encendidas los espera. Lo único solicitado por quienes les
brindaron el servicio fue que todos debían vestirse de blanco y así fue.
Francesca optó por un mono largo de cuello bote, que le queda pintado. Micaela,
por un precioso vestido de encaje adherido al cuerpo, largo hasta la mitad de
sus delgados muslos. Amaia lleva shorts de
jeans con una musculosa, algo que la hace sentir muy cómoda. Los hombres están
prácticamente iguales con la diferencia de que Tomas lleva una bermuda, y los
más grandes, pantalón largo.
La
cena transcurre entre risas, anécdotas, brindis y lágrimas de felicidad, bajo
el cielo iluminado de estrellas con el astro en lo alto del firmamento de
testigo. En un determinado momento, Bautista se pone de pie y luego de que
Brandon le guiñe un ojo, le tiende una de sus manos a Micaela quien lo mira sin
entender qué pretende.
—Desde
el primer día supe que mi corazón latiría, desde ese momento, por y para vos.
Me robás el aliento con cada sonrisa. Se me parte el alma cuando llorás y por
eso quiero ser siempre quien te abrace cuando más lo necesites. Mi propósito en
este camino es verte reír de felicidad, ayudarte a lograr cada sueño y hacerte
la mujer más dichosa de este mundo. Micaela Santamarina, ¿me harías el
grandísimo honor de casarte conmigo? —recitó Bauti con una de sus rodillas
anclada en la arena blanca, sosteniendo entre sus manos abiertas un precioso
anillo. Jamás se había sentido tan nervioso ni ansioso como lo estaba en ese instante.
Solamente él sabía cómo lo hacía sentir esa joven y estaba más que dispuesto a
disfrutar cada día de su vida junto a ella.
—Sí…
Sí… Sííííí —respondió ella arrojándose sobre su ahora prometido haciendo que
ambos cayeran. Lo besó y cómo lo hizo; con devoción, amor puro y verdadero,
pasión e ilusión por la promesa de un futuro juntos.
Los
más pequeños los miraban extrañados, aún sin entender la magnitud de ese verbo
que te hace querer saltar cuando el estómago se retuerce, queriendo decirte que
lo que sucede es una gran bendición. En cambio, sus padres no podían más de la
emoción. Francesca se abrazaba a su marido, llorando asombrada ante la
declaración de su hijo y la efusividad de su niña para responder. En ese momento,
supo que su trabajo como madre estaba dando sus frutos.
Los
abrazos no se hicieron esperar, tampoco las felicitaciones. Todos estaban
pletóricos y definitivamente estaban siendo las mejores vacaciones de sus
vidas.
***
Francesca
sale del baño cubierta por una bata confeccionada en muselina, diseño exclusivamente
realizado por una amiga para ella. Esta le llega por debajo de las nalgas que
mueve sensualmente mientras camina bajo la devoradora mirada de Brandon. Lo
vuelve loco y lo sabe. Se detiene justo delante de una de las cómodas de la
habitación e inmediatamente la voz de Debbie
Gibson cantando Lost In Your Eyes
inunda la estancia. De espaldas a él, desanuda el lazo y toda su delantera
queda expuesta. Se da la vuelta con calma y se acerca a la cama con lentitud. A
Brandon, igual que siempre que la ve, se le seca la garganta de deseo y
anticipación. Su mujer logra desestabilizarlo tal como lo hizo la primera vez
que la vio. El amor que aquel día floreció al mirarse, hoy sigue latente;
creciendo a una velocidad vertiginosa. Él levanta una de sus manos y moviendo
su dedo índice le hace seña para que vaya hacia donde la espera. Francesca
niega con la cabeza, deslizando su lengua por el contorno de su carnosa boca,
acción que al teniente lo vuelve loco, llevándolo a impulsarse y arrodillarse
frente a ella. Coloca sus dedos sobre los hombros de la mujer, que lo admira
con la vista nublada de anhelo, y empuja la tela que resbala por los brazos femeninos
con facilidad. Sin demora, con urgencia, toma con sus dientes su labio
inferior, ese que tanto deleite le produce y lo muerde haciendo que las células
de la doctora tiemblen de placer. Él conoce cada recoveco de su alma, cada expresión
y cambio en su respiración. Sabe lo que le gusta y usa eso a su favor. Francesca,
con su característica delicadeza, se apoya en él recorriendo con suaves
movimientos su torneado físico, sintiendo cómo su hombre vibra bajo su toque y
esto la lleva a sonreír de felicidad.
Los
amantes se pierden entre caricias, besos desenfrenados y corazones desbocados.
Brandon la agarra con fuerza de las caderas y la gira arrojándola a la cama
para encerrarla bajo su cuerpo. Ella se ríe con amor, pero esa alegría es
inmediatamente remplazada por suspiros de placer cuando él comienza a pasearse
por sus curvas, repartiendo besos y sedosos roces por cada parte de su fresca
piel. Francesca se retuerce apresada por la magia que solo su capitán, es así
como lo llama para molestarlo, puede voltear sobre ella.
—Amor,
por favor, no me tortures más —expone entre respiraciones cortas, decadentes.
Brandon se frena y la observa con orgullo. Puede que los años pasen, que las
huellas del tiempo dejen su marca, pero ante sus ojos marrones, su cachorrita
siempre será la mujer más atractiva, hermosa y especial de todo el universo,
porque un amor que ha cruzado mares, traspasado paredes, volado por toda clase
de aires, no se disuelve; todo lo contrario, se asienta.
—Doctora
D´Angelo, últimamente está muy impaciente —retruca, poniéndose a su altura,
cubriendo su femenino cuerpo con su masa de músculo. Su recta erección roza la
abertura de su centro y eso a ella la altera demasiado—. ¿Querés esto?
—inquiere divertido jugando con ella, haciendo que la cabeza de su pene se
sumerja solo un poco dentro de su tibia cavidad.
—Sí,
Brandon y lo quiero ya —anuncia, impulsando sus caderas hacia delante,
llevándolo a entrar de una sola estocada. Ambos suspiran con alivio al sentirse
piel con piel, alma con alma, corazón con corazón y sin dejar de verse
fijamente, él se retira con lentitud para luego volver a sumergirse dentro la
mujer de su vida.
¡Madre mía! Lo que este hombre me hace sentir jamás
cambia. Hace que mis piernas se debiliten. Piensa
Francesca
—Te
amo, Fran. Ayer, hoy, mañana y siempre juntos —le susurra al oído.
—Hasta
el infinito, por toda la eternidad y hasta el más allá. Te amo, Brandon
—confiesa ella con veracidad, mientras los espasmos de la liberación los hace
volar bajo la luz de la luna que se filtra por las ventanas de la habitación.
El
amor es cruel, a veces duele, pero cuando es verdadero, sabrá calmar el
sufrimiento y encontrar el camino hacia la felicidad.
Gracias
por elegirnos.
Hasta
la próxima,
Francesca
y Brandon.

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